#01 / Diario de una emprendedora: 13 diosas

En este post yo debería decir cosas optimistas y positivas, energizantes, estimulantes.

Y, sin embargo, ¿sabes? Estoy cansada. Son casi las 12 de la noche, mi bebé sigue dando saltos en el sofá, escribir en este IPad me va a provocar una lesión cervical y tengo miedo.

Cerramos el segundo día de campaña con el 23% del objetivo conseguido. Pero casi todo se logró el primer día.

Así que hoy ha sido una jornada agridulce en la que incluso me he sentido incomprendida. Y, sin embargo, las felicitaciones y el apoyo han sido infinitamente mayor que las críticas, los silencios o las ausencias. ¿Cuándo dejaré de dar más importancia a un ceño fruncido que a una amplia sonrisa?

Supongo que este no es el tipo de cosas que una CEO debe compartir en un post de una campaña de crowdfunding pero, sabéis, mi corazón me dice que siga haciéndolo, que no repita roles y consignas, que esto es otra cosa. Que Ubuntu Diosas es otra cosa.

(-¿No es evidente?, me dice el corazón).

En realidad, no creo que tenga que convencer a nadie de que apoye a Ubuntu Diosas con un argumentario trabajado en un taller de emprendimiento. Ayudaría, sí, probablemente (bueno, vale, sí, seguro, sé en qué mundo vivo). Pero en el fondo creo que “sólo” tengo que llegar a la gente adecuada. Aquella capaz de reconocer de qué va esto a un golpe de vista.

Porque ya me ha pasado. Me ha pasado hoy y ¡Dios(a)! Me he llenado de esperanza. Me ha hecho soltar de golpe todo el monólogo interno al que se había aferrado mi ego: ¿y si solo me apoyan mis amigas? ¿Y si la gente solo ve “muñeca 69 euros” y no va más allá y prefiere comprar 2 juguetes de plástico de 30 euros que anuncien en la tele y punto? ¿Y si no se molestan en ver de qué va esto? Porque esto no es un muñeca.

No.

Esto eres tú. Yo. Nosotras. Todas y Ninguna.

Esto es incertidumbre, renuncia a las certezas y a los caminos. Espesura.

Esto ambición, orgullo y excesiva humildad.

Esto es querer ser coherente (¿presuntuosa?) y tener que surfear entre oposiciones.

Renunciar a gustar a todos. Una vez más. Porque nunca lo hago del todo y siempre tengo que volver a hacerlo.

Y mis hijos se enfadan. Demasiado ordenador, quieren más mamá. Y yo frunzo el ceño, ¡quiero avanzar! ¡Escribir a medios! ¿Cómo si no nadie va a enterarse de esto? ¡El reloj corre!

Y no respiro.

Y la cago.

Y comprendo.

Primero lo primero, me digo. Y me obligo a sentir mi cuerpo. Mis pies, mi vientre, el peso de mis hombros… Vuelvo a casa. Ya no soy tan joven ni tan tonta.

Sé que la vida vuelve a emerger de las palmas de mis manos cuando no hacen nada.

Huelo a mis hijos. La naricita de Kai, su mirada marrón infinitamente inocente, sus ricitos rubios en la nuca. Le abrazo. (Le aprieto. Quiero estar más con ahí y menos allí). Y miro a mi Son, que sabe todo, que dice estos días que soy la mejor mamá del mundo y la peor también. Su cuerpo esbelto, el fuego en su mirada… Los llevo a la cama y se pelean por darme besos. (El amor incondicional no es el de las madres, es el de los hijos. Joder, aprende de ellos! ¡No hay más!)

*

Ha llegado el pequeño incombustible a mi regazo. Tiene una pequeña Kali entre las manos y dice “teta”.

Así que es todo por hoy. Mañana os hablaré de lo que deben hablar las CEOs. O no.

Un abrazo a: Marta, Ana Belén, Claudia, Miriam, Maria, Thaïs, Susana, Marina, Irene, Sonsoles, Sara y Aguamarina. Mis mecenas. Pase lo que pase, el 19 de noviembre de 2018, nosotras fuimos -las 13- Ubuntu Diosas.

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